Dormía en una plaza del casco antiguo a los pies de una torre que ronroneaba campanadas. Cubierta por demasiadas capas viejas que no le favorecían. Pero enseguida pude oler su encanto de muchos años, con sus cansadas cicatrices. Su piel estropeada, marchita. Quería cuidarla, destapar su belleza escondida. Protegerla del frío, del calor. Evitar que la lluvia le hiciera llorar. Hidratar esas arrugas bien llevadas que susurraban historias. Pero sobre todo quería desnudarla.
Le fui arrebatando sus viejas ropas y la rodeé con la mirada. La observé, todos sus ángulos, y descubrí gestos nunca vistos en estas tierras, casi orientales. Encendí luces tenues para suavizar su desnudez. Y ya no quise cubrirla, solo unas sedas iluminaron su atractivo. Subí hasta el punto más alto para espiarla con perspectiva. La miré hacia dentro, hacia afuera, muchas veces. Entonces noté que ella también me miraba. Me sonreía.
Y cuando así, desnuda, vestida, entré en ella entonces de verdad la SENTÍ.